jueves, 6 de septiembre de 2018


UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DEL CIBAO ORIENTAL (UTECO)
Maestría en Gestión y Planificación de Centros Educativos
Asmilda y. Torres   2003-559

¿Cómo formar para el futuro?
            En esta educación del futuro o educación para el futuro, no solo debemos proporcionar el conocimiento necesario sino que debemos reestructurar el actual modelo de educación y entender las competencias y características que deben ser estimuladas y enseñadas para los trabajos del futuro.
            Pensar en el futuro es un ejercicio arriesgado y muchas veces fútil, pero, sin embargo, es difícil resistir a la tentación de imaginar lo que está por llegar, intentando, de ese modo, alcanzar un destino que tantas veces se nos escapa. Como plantea Pierre Furter  el horizonte no existe para llevarnos de vuelta a nuestro origen, sino para que podamos medir toda la distancia que aún nos queda por recorrer. El homo viator construye su casa apenas para el tiempo que precisa, pues caminando es como encuentra y descubre el sentido de su propia acción (Furter, 1966, p. 26).

            O sea, que necesitamos altura de miras, un pensamiento que no se cierre en las fronteras de lo inmediato o en la ilusión de un futuro perfecto. A la manera de Reinhart Koselleck (1990), me interesa comprender de qué modo el pasado está inscrito en nuestra experiencia y cómo el futuro se vislumbra ya en la historia presente.
Este texto está organizado a partir de una lógica pasado-futuro.

            Tomemos  1870,  se asiste a la consolidación del modelo escolar, es decir, de una forma de concebir y organizar la educación que, en lo esencial, ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, David Tyack plantea que un  modelo escolar se impulsa como el mejor y único sistema, es decir, como la única forma concebible e imaginable de asegurar la educación de los niños y con ella su futuro.
           
            Hoy día el sistema de enseñanza, público y homogéneo, está puesto en entredicho por corrientes y tendencias que lo consideran obsoleto e incapaz de renovarse. Las críticas parten desde los frentes más diversos y se alimentan de un sentimiento de crisis.

            El primer escenario apunta hacia el regreso de formas de educación familiar. A partir de argumentos que van desde la responsabilidad educativa primordial de los padres, hasta la necesidad de preservar los valores de una determinada comunidad local, se elaboran propuestas que ponen en tela de juicio la dimensión pública de la educación. La idea de que cada familia o comunidad debe tener su propia escuela, reservada a los suyos y protegida de los otros, se sitúa en las antípodas de un proyecto de escuela pública que garantice la presencia de todos y la construcción de una identidad compartida. Una de las formas más evidentes de este escenario es la expansión de la educación en casa, según, homeschooling, que se va desarrollando a través de redes familiares, culturales y religiosas, soportada sobre el acceso a las nuevas tecnologías.
            El segundo escenario se basa también en una definición de la educación como un bien privado, insistiendo sobre todo en las ventajas de las leyes de mercado en la educación y en la promoción de una dinámica competitiva entre las escuelas. Desde el extremo de esta perspectiva, el Estado debería abstenerse de intervenir en el mercado de los servicios educativos, limitándose apenas: por un lado, a crear y divulgar indicadores de calidad de las escuelas que permita a cada familia elegir con criterio el mejor centro para sus hijos; y, por otro, a financiar de modo suplementario a los menos favorecidos, por ejemplo a través del cheque escolar5, a fin de asegurar cierta equidad en el acceso a la educación.

            El tercer escenario se basa en la importancia de las nuevas tecnologías, de las que resultan formas totalmente distintas de enseñanza que hacen desnecesarias las escuelas tradicionales y promueven una enseñanza individualizada. La educación puede ocurrir en cualquier lugar y a cualquier hora, teniendo como referencia profesores reales o virtuales. Autores diversos señalan la tecnología como la clave para la educación del futuro.

            Las escuelas, tal como las conocemos hoy, dejarán de existir. En su lugar habrá centros de aprendizaje que funcionarán siete días por semana, 24 horas al día. Los estudiantes tendrán acceso a los profesores, pero a distancia. Las clases pasarán a estar dentro de sus ordenadores. Frases de este tipo se oyen todos los días, se trata de un futuro que los enormes avances en la producción de herramientas interactivas de aprendizaje colocan cada vez más al alcance de la mano.

            Estos tres escenarios son viables y hay señales claras de su emergencia en los últimos años, intentan combatir la excesiva intervención del Estado en la educación y superar las limitaciones del modelo escolar y de una organización homogeneizada de los sistemas de enseñanza.

            Por todo ello,  argumentaré a favor de un escenario que valore la dimensión pública de la educación que vaya asumiendo, no obstante, una diversidad cada vez mayor de formas organizativas, curriculares y pedagógicas que rompan con un sistema excesivamente burocratizado, considero que esa sería una de las claves del éxito para lograr formar para el futuro.
            En nuestros días, la principal crítica a la escuela es su incapacidad para promover el aprendizaje y para responder a los desafíos de la sociedad del conocimiento. Hay quien vaya todavía más lejos y defina como prioridad para la escuela actual hacer que todos los alumnos tengan verdaderamente éxito. La cita está extraída de las conclusiones de un debate sobre el futuro de la escuela que tuvo lugar en Francia en el 2003-20047.

            En esta última parte seguiré los consejos de Pierre Furter (1966) e intentaré introducir en el presente un esbozo del futuro, para así dar al primero una forma que permita la eclosión del segundo. Más que una anticipación, probar a proyectar escenarios del futuro, aquellos con los que me identifico de entre los muchos posibles. Al hacerlo estoy trazando caminos y definiendo orientaciones para la acción en el presente. El año 2021 es un futuro todavía sin nombre, pero suficientemente cercano como para que podamos inscribir en él, desde ya, nuestras preocupaciones.

            Ya que, en los tiempos actuales, tal vez aún más que en tiempos pasados, la educación debe definirse como un bien público, de manera que las sociedades contemporáneas, fuertemente globalizadas, vivan enormemente aisladas y divididas en el plano social, cultural y religioso, como si la facilidad de comunicación en todo el planeta hubiese.

            En una reflexión notable, Arwin Appadurai alerta de los riesgos del diálogo, pero explica que no tenemos otra alternativa. De ahí que sugiera una estrategia de selectividad con la cual no nos sintamos obligados a compartir toda nuestra humanidad en todas las ocasiones (2006, p. 37). La escuela es, justamente, una de las instituciones donde esta participación compartida puede tener lugar de forma prudente y selectiva, asentando de ese modo una base sólida y evolutiva sobre la que se pueda construir prácticas de vida y para la vida.

            Sin embargo, quedan dos cuestiones fundamentales por resolver. En primer lugar, garantizar que todos los niños adquieran una base común de conocimientos, toda política educativa debe asumir este objetivo, sin considerar el fracaso como una fatalidad imposible de combatir. En segundo lugar, promover diferentes programas de esco­lari­za­ción, adaptados a las inclinaciones y proyectos de cada uno. Es necesario que los niños y los jóvenes, sobre todo aquellos que vienen de medios desfavorecidos, reencuentren un sentido para la escuela, pues solamente de ese modo conseguiremos que «todos los alumnos tengan éxito verdaderamente.

¿Cómo formar para el futuro?
            Bueno, cuando hablamos de formación futura, nos hacemos tantas ideas fabulosas y nos ubicamos en un escenario perfecto, pero promover ese aprendizaje  es complejo, ya que el aprendizaje es comprender la importancia de su relación con el saber, es instaurar nuevas formas de pensar y trabajar en la escuela, es construir un conocimiento que se inscriba en una trayectoria personal. Hablar de una mirada compleja y trandisciplinaria  no es rechazar el papel de las disciplinas tradicionales, sino asumir que el conocimiento escolar tiene que estar más próximo del conocimiento científico y de la complejidad que este viene adquiriendo en las últimas décadas. De manera tal, que no se trata de regresar al debate sobre la relación escuela-sociedad, sino de promover la construcción de un espacio público de educación en el cual la escuela tenga su lugar, aunque este no sea un lugar hegemónico ni único en la educación de los niños y de los jóvenes, pero que los lleve a construir y desarrollar esas competencias  que le sirvan para la vida. Cuando seamos capaces de lograrlo como docentes con nuestros estudiantes, entonces podremos decir que estamos formando para el futuro.

            Hannah Arendt escribía que una crisis apenas se hace catastrófica si respondemos a ella con ideas preconcebidas, es decir, con prejuicios (1972, p. 225). Tenía razón. El pensamiento contemporáneo sobre educación tiene que ir más allá de lo ya conocido y alimentarse de un pensamiento utópico que se exprese «por la capacidad no solo de pensar el futuro en el presente, sino también de organizar el presente de manera que permita actuar sobre ese futuro» (Furter, 1970, p. 7).

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