UNIVERSIDAD
TECNOLÓGICA DEL CIBAO ORIENTAL (UTECO)
Maestría
en Gestión y Planificación de Centros Educativos
Asmilda
y. Torres 2003-559
¿Cómo formar para el
futuro?
En
esta educación del futuro o educación para el futuro, no solo debemos proporcionar
el conocimiento necesario sino que debemos reestructurar
el actual modelo de educación y entender las competencias y características que
deben ser estimuladas y enseñadas para los trabajos del futuro.
Pensar
en el futuro es un ejercicio arriesgado y muchas veces fútil, pero, sin
embargo, es difícil resistir a la tentación de imaginar lo que está por llegar,
intentando, de ese modo, alcanzar un destino que tantas veces se nos escapa.
Como plantea Pierre Furter el horizonte
no existe para llevarnos de vuelta a nuestro origen, sino para que podamos
medir toda la distancia que aún nos queda por recorrer. El homo viator construye su casa apenas para el tiempo
que precisa, pues caminando es como encuentra y descubre el sentido de su
propia acción (Furter, 1966, p. 26).
O sea, que necesitamos altura de miras, un pensamiento que no se cierre en las fronteras de lo inmediato o en la ilusión de un futuro perfecto. A la manera de Reinhart Koselleck (1990), me interesa comprender de qué modo el pasado está inscrito en nuestra experiencia y cómo el futuro se vislumbra ya en la historia presente.
Este texto está organizado a partir de una lógica pasado-futuro.
Tomemos
1870, se asiste a la consolidación del
modelo escolar, es decir, de una forma de concebir y organizar la educación
que, en lo esencial, ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, David Tyack plantea
que un modelo escolar se impulsa como el
mejor y único sistema, es decir, como la única forma concebible e imaginable de
asegurar la educación de los niños y con ella su futuro.
Hoy
día el sistema de enseñanza, público y homogéneo, está puesto en entredicho por
corrientes y tendencias que lo consideran obsoleto e incapaz de renovarse. Las
críticas parten desde los frentes más diversos y se alimentan de un sentimiento
de crisis.
El
primer escenario apunta hacia el regreso de formas de educación familiar. A
partir de argumentos que van desde la responsabilidad educativa primordial de
los padres, hasta la necesidad de preservar los valores de una determinada
comunidad local, se elaboran propuestas que ponen en tela de juicio la
dimensión pública de la educación. La idea de que cada familia o comunidad debe
tener su propia escuela, reservada a los suyos y protegida de los otros, se sitúa en las antípodas de un proyecto de
escuela pública que garantice la presencia de todos y la construcción de una
identidad compartida. Una de las formas más evidentes de este escenario es la
expansión de la educación en casa, según, homeschooling, que se va desarrollando a través de redes
familiares, culturales y religiosas, soportada sobre el acceso a las nuevas
tecnologías.
El
segundo escenario se basa también en una definición de la educación como un
bien privado, insistiendo sobre todo en las ventajas de las leyes de mercado en
la educación y en la promoción de una dinámica competitiva entre las escuelas.
Desde el extremo de esta perspectiva, el Estado debería abstenerse de
intervenir en el mercado de los servicios educativos, limitándose apenas: por
un lado, a crear y divulgar indicadores de calidad de las escuelas que permita
a cada familia elegir con criterio el mejor centro para sus hijos; y, por otro,
a financiar de modo suplementario a los menos favorecidos, por ejemplo a través
del cheque escolar5, a fin de asegurar cierta equidad en el acceso a la
educación.
El
tercer escenario se basa en la importancia de las nuevas tecnologías, de las
que resultan formas totalmente distintas de enseñanza que hacen desnecesarias
las escuelas tradicionales y promueven una enseñanza individualizada. La
educación puede ocurrir en cualquier lugar y a cualquier hora, teniendo como
referencia profesores reales o virtuales. Autores diversos señalan la
tecnología como la clave para la educación del futuro.
Las
escuelas, tal como las conocemos hoy, dejarán de existir. En su lugar habrá
centros de aprendizaje que funcionarán siete días por semana, 24 horas al día.
Los estudiantes tendrán acceso a los profesores, pero a distancia. Las clases
pasarán a estar dentro de sus ordenadores. Frases de este tipo se oyen todos los
días, se trata de un futuro que los enormes avances en la producción de
herramientas interactivas de aprendizaje colocan cada vez más al alcance de la
mano.
Estos
tres escenarios son viables y hay señales claras de su emergencia en los
últimos años, intentan combatir la excesiva intervención del Estado en la
educación y superar las limitaciones del modelo escolar y de una organización
homogeneizada de los sistemas de enseñanza.
Por todo ello, argumentaré a favor de un escenario que valore
la dimensión pública de la educación que vaya asumiendo, no obstante, una
diversidad cada vez mayor de formas organizativas, curriculares y pedagógicas
que rompan con un sistema excesivamente burocratizado, considero que esa sería
una de las claves del éxito para lograr formar para el futuro.
En
nuestros días, la principal crítica a la escuela es su incapacidad para
promover el aprendizaje y para responder a los desafíos de la sociedad del
conocimiento. Hay quien vaya todavía más lejos y defina como prioridad para la
escuela actual hacer que todos los alumnos tengan verdaderamente éxito. La cita
está extraída de las conclusiones de un debate sobre el futuro de la escuela
que tuvo lugar en Francia en el 2003-20047.
En
esta última parte seguiré los consejos de Pierre Furter (1966) e intentaré
introducir en el presente un esbozo del futuro, para así dar al primero una
forma que permita la eclosión del segundo. Más que una anticipación, probar a
proyectar escenarios del futuro, aquellos con los que me identifico de entre
los muchos posibles. Al hacerlo estoy trazando caminos y definiendo
orientaciones para la acción en el presente. El año 2021 es un futuro todavía
sin nombre, pero suficientemente cercano como para que podamos inscribir en él,
desde ya, nuestras preocupaciones.
Ya
que, en los tiempos actuales, tal vez aún más que en tiempos pasados, la educación
debe definirse como un bien público, de manera que las sociedades
contemporáneas, fuertemente globalizadas, vivan enormemente aisladas y
divididas en el plano social, cultural y religioso, como si la facilidad de
comunicación en todo el planeta hubiese.
En
una reflexión notable, Arwin Appadurai alerta de los riesgos del diálogo, pero
explica que no tenemos otra alternativa. De ahí que sugiera una estrategia de
selectividad con la cual no nos sintamos obligados a compartir toda nuestra humanidad
en todas las ocasiones (2006, p. 37). La escuela es, justamente, una de las
instituciones donde esta participación compartida puede tener lugar de forma
prudente y selectiva, asentando de ese modo una base sólida y evolutiva sobre
la que se pueda construir prácticas de vida y para la vida.
Sin
embargo, quedan dos cuestiones fundamentales por resolver. En primer lugar,
garantizar que todos los niños adquieran una base común de conocimientos, toda
política educativa debe asumir este objetivo, sin considerar el fracaso como
una fatalidad imposible de combatir. En segundo lugar, promover diferentes
programas de escolarización, adaptados a las inclinaciones y proyectos de
cada uno. Es necesario que los niños y los jóvenes, sobre todo aquellos que
vienen de medios desfavorecidos, reencuentren un sentido para la escuela, pues
solamente de ese modo conseguiremos que «todos los alumnos tengan éxito
verdaderamente.
¿Cómo formar para el
futuro?
Bueno,
cuando hablamos de formación futura, nos hacemos tantas ideas fabulosas y nos
ubicamos en un escenario perfecto, pero promover ese aprendizaje es complejo, ya que el aprendizaje es
comprender la importancia de su relación con el saber, es instaurar nuevas
formas de pensar y trabajar en la escuela, es construir un conocimiento que se
inscriba en una trayectoria personal. Hablar de una mirada compleja y trandisciplinaria
no es rechazar el papel de las
disciplinas tradicionales, sino asumir que el conocimiento escolar tiene que
estar más próximo del conocimiento científico y de la complejidad que este viene
adquiriendo en las últimas décadas. De manera tal, que no se trata de regresar
al debate sobre la relación escuela-sociedad, sino de promover la construcción
de un espacio público de educación en el cual la escuela tenga su lugar, aunque
este no sea un lugar hegemónico ni único en la educación de los niños y de los
jóvenes, pero que los lleve a construir y desarrollar esas competencias que le sirvan para la vida. Cuando seamos
capaces de lograrlo como docentes con nuestros estudiantes, entonces podremos
decir que estamos formando para el futuro.
Hannah
Arendt escribía que una crisis apenas se hace catastrófica si respondemos a
ella con ideas preconcebidas, es decir, con prejuicios (1972, p. 225). Tenía
razón. El pensamiento contemporáneo sobre educación tiene que ir más allá de lo
ya conocido y alimentarse de un pensamiento utópico que se exprese «por la
capacidad no solo de pensar el futuro en el presente, sino también de organizar
el presente de manera que permita actuar sobre ese futuro» (Furter, 1970, p. 7).
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